Por reflejo, sin pensarlo, alcanzó a tomar el extremo del papel higiénico. Recordó de pronto a su abuela midiéndole el empacho, y se sintió él un curandero absurdo.
Las paredes no sólo se alejaban, sino que crecían: seguían juntas. Lentamente se formaba un muro circular, un domo que se compenetraba con el cielo. Se deslizaba sin ruidos. Y ese rozamiento fantasma lo hacía sentir sordo, como si sólo percibiera con los ojos.
Era así de sencillo: sentado en el inodoro en medio del desierto, sentado y por cagar en medio de un higiénico Sahara. ¿Qué mierda es esto?, se dijo. ¡Mamá!, pegó un grito. A los pocos segundos, un viento llegó desde las paredes del cielo y pudo reconocer en él la voz de su madre, a pesar de lo evanescente. No entendió muy bien lo que decía, pero le pareció un “no grites, ¿qué querés?”. Y este hecho lo despabiló un poco.
Se le vinieron enseguida unos versos de Quevedo a la cabeza (“La voz del ojo que llamamos pedo/ruiseñor de los putos”) y al reír, el inodoro sonó a trompeta con sordina. En un nuevo movimiento de aire, llegó el residuo de una risa socarrona. Avergonzado, estupefacto, reconoció la risa de su hermana. Era imposible salir, ¿cómo, si las paredes ya eran el horizonte?, sin embargo afuera parecían escucharlo. Y si llegaba el sonido, es posible que también se sintiera el olor. ¿Y si a alguien se le ocurría entrar? ¿Era posible esto? Recordó que había dado una vuelta de llave, como cada vez que se entra a hacer “lo segundo”, es decir, cacona o popó.
Y aún tenía ganas. Y aún tenía sueño.
Volvió a recordar a Quevedo: ahora el “camisón cagado”. Y tras pensar en esto sintió en la panza de inmediato una gran presión. Un gran calor. Unas ganas exageradas para un cuerpo normal. Un gran dolor. Un gran bebé, pues sí, parir debía conllevar una intensidad semejante. El desierto alrededor comenzó a temblar. Sufría. Se puso colorado y ardiente. Y cuando ya no aguantó el grito, cuando sintió que iba a descompensarse, a estallar, a reventar, la evacuación comenzó de manera brutísima. Esto es una locura, alcanzo a pensar o decir, arrugando la cara y los párpados. ¡Y no paraba! Era un descomer descomunal; no contranatura, sino sobrenatura, hipernatural.
¿Cómo tanta mierda en un sólo cuerpo? ¿Acaso cagaba en nombre del Mundo? ¿Acaso cagaba la culpa total, toda la pulpa de la muerte? ¿O ese sorete densísímo era réplica del huevo del Big Bang, el cósmico tereso de un Big Flatulens? ¿O sufría, quizás, de vacío en el estómago y el desecho se creaba ex nihilo, como una gran burla del poder de Dios, como un Génesis ya podrido desde la nada?
Después de varios minutos, la cola se detuvo. Sintió el mareo profundo y un alivio desmayado. Tenía pálido el rostro. Y cuando ya recuperaba el color, la tierra empezó a temblar. Todo el desierto era ahora un animal sacudiéndose. Aquí y allá el suelo comenzó a quebrarse. Algunas regiones se hundían en el abismo. Otras se elevaban para dar sierras y montañas. A su vez, el horizonte pareció alejarse aún más y acomodarse a una distancia más real. El sol también se agrandó...
En medio de semejante quilombo, se aferró al inodoro y aguantó la sacudida. La tierra parecía querer reconstituirse, airearse, volverse fértil. Tras esta removida inmensa, no tardaría en cubrirse de arboledas, en llenarse de ríos y saltos de agua.
Sin embargo nuestro amigo, nuestro supuesto e increíble Mesías de la Mierda, sólo pensaba en salir. Si la pared del espejo hubiera permanecido para mirarse, hubiera advertido que ese acto supremo y doloroso de cagar, lo había transfigurado. Aunque tal vez notarse bello pero encerrado en la vasta soledad, le aplastaría el corazón.
