17 diciembre, 2009

RUSA MUTABILIS

Matota imagina a la Rusa vieja.
La mira dormir.
Matota se acerca y no lo puede creer,
se da vuelta,
se remuerde con la boca y los ojos
y la vuelve a mirar.
¡Y más vale, pavote,
fugit, fugit, tempu, tempu,
la rusa mutabilis, gurí!

Ahora despertala
que se aturda de prepo
metele con embudo de mosquitos
tu amor por la oreja
y se le abran
los ojos para siempre.

Decile que se muere igual que vos,
aunque te mate.
Decile que se arruga el mantel,
aunque te muerda el chingo,

que la luna es un eclipse
que le crece
que le sube por los güesos
y le va menguando el alma
y alma es una luz
y se vuelve agüita.

Sí, gritale,
la luna es un imán
y la hunde
bien hundida
bien pabajo
en la fiesta del gusano,
que se come la carne
con su baba.

Decile que le bailan
las bolitas en la bocha,
los ojos, chiladoras de estrellas.
Decile que más tarde o más acá,
Rusita que bandea y se le va la vaca,
oyiquema y acabado aunque llore y patalee.

Fuerte
que se va a quedar pelada
cuando el árbol la abrace y la escarbe,
cosquillita necrofilia y vegetal,
sauce degenarado.

Fuerte y que se apronte
para usar una peluca de pasto,
pasto seco bien rusito come mai’
y subterráqueo
y subpampita.

Animate, paja seca,
decile fuerte
se va morir se deje
de hacer la linda
que no se sabe nada aún,
se oyen ruidos raros,

manchas de vacío
en el sonido, antojos de silencio
en la piel de melodía,
el tatuaje de una oreja fea
en el camisón del ángel.

Eso, despertala, puto viejo
no te rías,
decile que ahí abajo
no se puede dormir tranquilo
y vas a ver el beso que te da.


04 diciembre, 2009

LAS PAREDES DEL BAÑO (primera parte)

I

Tenía una mano en la frente y la otra la panza. Acababa de comer y se dormía, acodado en la mesa. Entre ir de cuerpo y acostarse, decidió lo primero, tal vez porque el baño se encontraba más cerca. Se sentó en el inodoro y la vista se le cerraba. Una ráfaga de aire lo impresionó sutilmente. Cuando abrió los ojos, las paredes ya estaban alejándose.
Por reflejo, sin pensarlo, alcanzó a tomar el extremo del papel higiénico. Recordó de pronto a su abuela midiéndole el empacho, y se sintió él un curandero absurdo.
Las paredes no sólo se alejaban, sino que crecían: seguían juntas. Lentamente se formaba un muro circular, un domo que se compenetraba con el cielo. Se deslizaba sin ruidos. Y ese rozamiento fantasma lo hacía sentir sordo, como si sólo percibiera con los ojos.
Quiero repetir el sonido suave, el fenómeno embriagado de silencio. Ninguna fricción frisaba el ruido. Por un momento imaginó una sutil trituradora de grillos. Pero de pronto se le escapó un pedo, que sonó fuertísimo. Soy un chancho, pensó, y luego, por aquella pavada de que el chancho no mira hacia arriba (qué sabrá el chancho de aviones), porque eso fue lo que se le vino encadenado, notó su desatención vertical. La lámpara del techo ya era sol en el cenit, un sol más lejano, más pequeño. No lo impresionó el cambio de luz. ¿Había estallado el vidrio y el filamento de la lámpara se abrió? Quizás las astillas se disolvieron en el aire como estrellas fútiles, filosas, suaves, de gravedad invertida. Seguramente el sueño debilitaba su percepción.
El piso de mosaicos mantuvo sus dimensiones; a partir de su cota, se extendía hacia el horizonte una llanura lisa y arenosa.
Era así de sencillo: sentado en el inodoro en medio del desierto, sentado y por cagar en medio de un higiénico Sahara. ¿Qué mierda es esto?, se dijo. ¡Mamá!, pegó un grito. A los pocos segundos, un viento llegó desde las paredes del cielo y pudo reconocer en él la voz de su madre, a pesar de lo evanescente. No entendió muy bien lo que decía, pero le pareció un “no grites, ¿qué querés?”. Y este hecho lo despabiló un poco.
Se le vinieron enseguida unos versos de Quevedo a la cabeza (“La voz del ojo que llamamos pedo/ruiseñor de los putos”) y al reír, el inodoro sonó a trompeta con sordina. En un nuevo movimiento de aire, llegó el residuo de una risa socarrona. Avergonzado, estupefacto, reconoció la risa de su hermana. Era imposible salir, ¿cómo, si las paredes ya eran el horizonte?, sin embargo afuera parecían escucharlo. Y si llegaba el sonido, es posible que también se sintiera el olor. ¿Y si a alguien se le ocurría entrar? ¿Era posible esto? Recordó que había dado una vuelta de llave, como cada vez que se entra a hacer “lo segundo”, es decir, cacona o popó.
Y aún tenía ganas. Y aún tenía sueño.
Volvió a recordar a Quevedo: ahora el “camisón cagado”. Y tras pensar en esto sintió en la panza de inmediato una gran presión. Un gran calor. Unas ganas exageradas para un cuerpo normal. Un gran dolor. Un gran bebé, pues sí, parir debía conllevar una intensidad semejante. El desierto alrededor comenzó a temblar. Sufría. Se puso colorado y ardiente. Y cuando ya no aguantó el grito, cuando sintió que iba a descompensarse, a estallar, a reventar, la evacuación comenzó de manera brutísima. Esto es una locura, alcanzo a pensar o decir, arrugando la cara y los párpados. ¡Y no paraba! Era un descomer descomunal; no contranatura, sino sobrenatura, hipernatural.
¿Cómo tanta mierda en un sólo cuerpo? ¿Acaso cagaba en nombre del Mundo? ¿Acaso cagaba la culpa total, toda la pulpa de la muerte? ¿O ese sorete densísímo era réplica del huevo del Big Bang, el cósmico tereso de un Big Flatulens? ¿O sufría, quizás, de vacío en el estómago y el desecho se creaba ex nihilo, como una gran burla del poder de Dios, como un Génesis ya podrido desde la nada?
Después de varios minutos, la cola se detuvo. Sintió el mareo profundo y un alivio desmayado. Tenía pálido el rostro. Y cuando ya recuperaba el color, la tierra empezó a temblar. Todo el desierto era ahora un animal sacudiéndose. Aquí y allá el suelo comenzó a quebrarse. Algunas regiones se hundían en el abismo. Otras se elevaban para dar sierras y montañas. A su vez, el horizonte pareció alejarse aún más y acomodarse a una distancia más real. El sol también se agrandó...
En medio de semejante quilombo, se aferró al inodoro y aguantó la sacudida. La tierra parecía querer reconstituirse, airearse, volverse fértil. Tras esta removida inmensa, no tardaría en cubrirse de arboledas, en llenarse de ríos y saltos de agua.
Sin embargo nuestro amigo, nuestro supuesto e increíble Mesías de la Mierda, sólo pensaba en salir. Si la pared del espejo hubiera permanecido para mirarse, hubiera advertido que ese acto supremo y doloroso de cagar, lo había transfigurado. Aunque tal vez notarse bello pero encerrado en la vasta soledad, le aplastaría el corazón.

Biobiblio

Martín Pucheta (Gualeguaychú, 1981) publicó Superjardín (En danza, 2010), Superbóreos (Zorra/poesía, 2009), Matota (2009; La gota, 2010), Sonajero de misterio: los tomuer, (2009) -con Nicolás Cambon-, La Rusa -Matota II- (Singular, 2011), río raíz (Singular, 2012), Podría haber sido un haiku (Singular, 2014), Tocar de oído (2015), Estudios del Cambio (2017) y Aerolinda (La Gota, 2017).

Integra las siguientes antologías de poetas: Última poesía argentina (En danza, 2008), Felicidades también (18 poetas) (2005), Poemas con famosos (Ananga ranga, 2010), Palimpsesto-parrincesto, antología enfermiza (Ananga ranga, 2011), Hijo e pluma (Ananga ranga, 2014), La Plata Spoon River (Libros de la talita dorada, 2014) y, de la Colección “Prismática Argentina”, nº 1 Amor y n° 4 Plantas (En danza, 2015 y 2017).

Participó del 24° Festival Internacional de Poesía, Rosario 2016.
Participa del Encuentro Nacional Itinerante de Escritores (ENIE), del cual coordinao la organización de la 6° edición en Gualeguaychú (2013) . Forma parte de las bandas Leda lid y Arboreal. Ha escrito letras para canciones de Juan Pablo Pérez y Cato Fandrich. Trabaja en escuelas secundarias como profesor de Lengua y literatura.